Por: Sarah Teixeira – Prensa Alcaldía de Guaicaipuro
En el corazón de Los Teques, donde el ritmo frenético de la capital mirandina se encuentra con la quietud de las montañas, existe una puerta que cambia la perspectiva de quien la cruza. No es una oficina de trámites ni un archivo polvoriento; es el Centro Municipal de Estudios para la Interculturalidad y la Descolonización (CEIDEG).
Aquí el tiempo parece suspenderse para que los guaicaipureños podamos al fin mirarnos al espejo y reconocer quiénes somos. Al entrar, lo primero que sorprende no es el silencio monótono de la burocracia sino el eco del debate constante. Con café siempre a mano y proyectos sobre las mesas, se respira una convicción compartida: la historia no es un relato acabado en los libros de texto, sino un organismo vivo que debemos aprender a leer.
José Salcedo, director de este centro, define la institución con una claridad que desarma: «No somos una oficina administrativa; somos el ente que garantiza que la gestión pública esté impregnada de nuestra propia historia». Lo que nació en 2022 como una iniciativa impulsada por el alcalde Farith Fraija bajo el mandato de preservar nuestra herencia ancestral, ha mutado hoy en un laboratorio de soberanía intelectual donde se trabaja bajo la premisa de «aprender a desaprender». Salcedo insiste en que la cultura y la historia no se defienden desde una silla, sino a través de un movimiento de resignificación en interacción directa con el pueblo.
¿Cómo se logra esto en la práctica?
La clave está en lo que el centro denomina «Investigación-Acción». En el día a día, la teoría se lanza a la calle y la calle aporta sus nudos críticos a la teoría. No es raro ver a un académico debatiendo con un vocero comunal sobre las raíces ancestrales de un sector específico mientras planifican cómo resolver una necesidad técnica inmediata, como la reparación de una luminaria o la gestión de agua potable. Esa mezcla de estudio y territorio es el motor que hace que el CEIDEG no sea una isla, sino el puente que conecta el pensamiento crítico con la gestión eficiente.
El proyecto bandera, su mayor fuente de orgullo, es el Diplomado de Descolonización Educativa. Para los docentes que pasan por sus aulas, este programa no es una carga académica más sino una «armadura intelectual». El profesor Aníbal Carrasco, uno de sus facilitadores, lo explica con una sencillez que desarma: descolonizar el hecho educativo no es un ejercicio teórico estéril, es un acto cotidiano. Para él se trata de romper la rutina temática y buscar las maneras de vincular la historia directamente a la vida cotidiana del alumnado para que el conocimiento tenga sentido y significado.
Carrasco propone un ejercicio fascinante: dibujar ese «hilo invisible» que conecta nuestro pasado con lo que somos hoy como República. Para el profesor debemos romper con la visión lineal del tiempo, ese pasado, presente y futuro como cajones separados, para abrazar una «temporalidad de temporalidades» en un presente siempre abierto. En sus aulas la historia no es un museo, es una herramienta de construcción constante donde los docentes descubren que ellos mismos son el hilo conductor de la libertad que aún se sigue forjando en el municipio.
Esta labor responde a una necesidad urgente: que Guaicaipuro deje de ser percibido como un territorio genérico. Caminar por nuestras calles exige hoy una nueva mirada. El CEIDEG trabaja para que cada rincón esté cargado de una narrativa propia, marcada por una herencia de resistencia inquebrantable. La huella que el CEIDEG aspira a dejar no se mide en números de asistencia, aunque los registros sean un éxito, sino en soberanía. La meta final es que cada egresado lleve consigo la capacidad de incorporar la interculturalidad en cada aspecto de su vida profesional y comunitaria.
Mientras otros se ocupan del asfalto, aquí se construye el cimiento más importante: la identidad. Al final del día, lo que este centro propone es un acto de valentía colectiva: mirar nuestro pasado, por más complejo que sea, para decidir nuestro propio camino. Es en última instancia el espacio donde simbolizamos nuestra historia para construir, con nuestras propias manos, el futuro de libertad que nuestro Cacique siempre soñó.
